Los probióticos no sirven para todo sostiene estudio

Los millones de microbios que pueblan el organismo suelen convivir en paz y sensato equilibrio por el bien común. Esa armonía es salud. Pero, a veces, la entente cordiale entre unos y otros, buenos y malos, se rompe por injerencias externas como el consumo de antibióticos, la aparición de otros patógenos o desregulaciones de ese ecosistema interno que se conoce como microbiota y surgen problemas de salud. 

Una de las estrategias que se emplea para restablecer esta microbiota son los probióticos, microorganismos vivos que confieren un beneficio a la salud cuando se administran en cantidades adecuadas. Algunos de estos productos sirven, según los científicos, para tratar diarreas por consumo de antibióticos y una revisión científica reciente señala que también podrían valer para evitar catarros. Pero los datos científicos sobre su potencial son aún muy limitados y sus presuntas bonanzas corren más rápido por la calle de lo que avanza la ciencia para demostrarlas. Los probióticos no valen para todo, advierten los expertos.

Siempre han estado entre nosotros. Por ejemplo, en la leche materna, que contiene bacterias probióticas, con efectos beneficiosos para promover la maduración del sistema inmune del bebé. O en los yogures, explica el doctor Francisco Guarner, digestólogo y miembro del comité científico del Consorcio Internacional del Microbioma Humano: allí también hay reconocidas bacterias probióticas, como el Streptococcus thermophilus, “que ayuda a digerir la lactosa de la leche”. Las bacterias lácticas y las bifidobacterias son, de hecho, los microorganismos más comunes para estos preparados.

Esta estrategia, la de usar microorganismos vivos para mejorar la salud, ha ido perfeccionándose y ampliando su potencial de actuación hasta copar estanterías de boticas y parafarmacias con combinados de microbios: la inmensa mayoría se venden como complementos alimenticios a los que se presumen beneficios para la salud, no como medicamentos. 

Pero no es oro todo lo que reluce: “Los probióticos son útiles, pero no todos sirven para todo y algunos no valen para nada”, adelanta el investigador Guarner. 

Para que un microorganismo sea considerado un probiótico tiene que cumplir algunos criterios, como sugiere el doctor: “Tiene que estar bien caracterizado, estar depositado en una colección de cultivos internacionales y tiene que haber ensayos randomizados que demuestren su beneficio”.

 Por eso los yogures, en general, el kéfir o la combucha, señala el digestólogo, no se pueden considerar probióticos en sentido estricto: “Los fermentos tradicionales se consideran beneficiosos, pero no son probióticos si no has hecho un estudio del beneficio”, desarrolla el experto.

La Asociación Americana de Gastroenterología sostiene que “falta mucha evidencia para respaldar el uso de probióticos para tratar enfermedades digestivas”, e identifica solo tres escenarios factibles: en bebés prematuros con bajo peso pueden servir para prevenir la enterocolitis necrotizante; en adultos y niños que toman antibióticos pueden ayudar a evitar la infección por C. difficile; y para el manejo de reservoritis, una complicación de la colitis ulcerosa.

La AGA, en cambio, no recomienda su uso en niños con gastroenteritis para tratar las diarreas, una postura que no comparte la Organización Global de Gastroenterología (WGO, por sus siglas en inglés). Guarner, que ha participado en la última guía clínica de la entidad, defiende que determinados preparados acortan las diarreas en niños, al menos, en un día: “Las guías americanas dan consejo a sus médicos, pero hay medio millón de niños en el mundo que mueren cada año por diarrea aguda. Si se reduce la severidad y la duración de la diarrea, sí tiene sentido”, defiende.

Leer estudio aquí.

No te pierdas una noticia, suscribete gratis para recibir DiarioSalud en tu correo, siguenos en Facebook, Instagram, Twitter, Linkedln, telegram y Youtube

Publicidad
Publicidad
Publicidad
Publicidad
Publicidad